Querido Julián,
te escribo con una sola mano porque la otra te sostiene en brazos mientras duermes enganchado a mi pecho. Tienes un año, un mes y un día y eres lo más bonito del mundo.
A partir de aquí ya estamos situados, empecemos, pues.
Fuiste concebido el 23 de noviembre del 2013, de manera que para mí casi es más importante esa fecha que la del día que naciste, momento que recuerdo tan fragmentado como quedó mi cuerpo, a pesar que es a partir de ese instante que me siento completa y plena.
Durante ese invierno del 2013 comencé a escribirte en un cuaderno que me regaló tu abuela rubia por uno de mis cumpleaños. Te escribía sin saber si eras niño, niña, simpático, llorón, calvito o paticorto, porque ya el día 24 de noviembre me sentí flotar, el mundo entero había cambiado y el amor me inundaba a la velocidad a la que se reproducían tus primeras células. Tu padre me miraba entre escéptico y absorto cuando ese mismo día yo le hablaba ya de tu existencia y cuando un mes más tarde pudo confirmarlo con una prueba de embarazo empezó a regalarme también miradas teñidas de sorpresa y susto.
En aquel cuaderno anotaba mucha tontería pensando en que con los años tal vez te guste encontrarlo... pero reconozco que llegué a límites absurdos, como pegar los papelitos del practicante que me hacía los análisis de sangre y te contaba cuál me dolió y cuál no. En todo caso, mi objetivo es el mismo al crear este blog, solo espero no excederme. Y si lo hago, espero que te diviertan los excesos de tu madre, cuya intensidad has heredado.